Empezar a invertir genera, con frecuencia, más dudas que certezas: qué producto elegir, cuánto dinero destinar o cómo reaccionar ante las primeras caídas. Estos son algunos de los principios que suelen marcar la diferencia entre quienes consiguen mantener una estrategia de inversión a largo plazo y quienes abandonan tras los primeros contratiempos.
Define objetivos antes de elegir productos
Antes de decidir en qué invertir, conviene tener claro para qué se invierte: un fondo de emergencia, la jubilación, la entrada de una vivienda o un objetivo a medio plazo requieren estrategias distintas. El horizonte temporal y la finalidad del dinero deben guiar la elección de los instrumentos, no al revés.
La diversificación como primera defensa
Concentrar todo el capital en un único activo, por prometedor que parezca, multiplica el riesgo de forma innecesaria. Repartir la inversión entre distintas clases de activos, sectores y geografías reduce el impacto de que una decisión concreta salga mal.
Evitar decisiones dictadas por las emociones
Para Diego García del Río, uno de los mayores riesgos para un inversor principiante no está en los mercados, sino en sus propias reacciones: vender por pánico en una caída o comprar por euforia cuando un activo ya ha subido mucho. Contar con un plan definido de antemano ayuda a mantener la disciplina en los momentos de mayor volatilidad.
Empezar con lo que se entiende
Invertir en productos o estrategias que no se comprenden del todo suele ser el origen de muchos errores. Es preferible empezar con instrumentos sencillos y bien entendidos, e ir ampliando el conocimiento de forma progresiva antes de incorporar productos más complejos como los derivados o las opciones.